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July 11, 2022 3 min read

Cuando siento que quiero estar conmigo me gusta conducir distancias largas. Es un ejercicio que me gusta hacer en silencio, prestando atención al camino. En otras ocasiones conduzco escuchando música instrumental. Es una herramienta que he adoptado cuando quiero alejarme de mi entorno regular y mantenerme en una cápsula por varias horas. 

Ese día, que fue un lunes, decidí que era importante para mí hacer el viaje largo. A lo que me refiero es llegar a un lugar específico, en el que sienta que puedo conectarme conmigo y con el entorno. Entonces, el lugar perfecto para ir es una montaña en Cabo Rojo, Puerto Rico, donde hay una pequeña capilla desde donde puede observarse el Mar Caribe. El lugar: el Santuario de Schoenstatt. Salí de Guaynabo en dirección a Caguas, Cayey y todos los municipios del sur que me llevan hasta Cabo Rojo. La travesía dura dos horas unidireccional. 

La primera vez que visité el santuario era adolescente. Fui con mis padres y uno de mis hermanos. Lo primero que llamó mi atención de joven curiosa fue la tranquilidad que se podía apreciar en el lugar, aunque había muchas personas porque era domingo y había un servicio religioso. La paz que alberga ese campo abierto con veredas, grama, árboles, una pequeña iglesia vigilada por un frondoso árbol de pino fue para mí en ese momento el mejor lugar en el mundo. 

He visitado el lugar en un sinnúmero de ocasiones y mi sentimiento es el mismo: serenidad, paz, un sentido inexplicable de solemnidad. Aunque el sol se siente en la piel, la brisa refresca el área y se siente agradable. Caminar por sus veredas donde se encuentran las estaciones del vía crucis y pequeñas placitas de descanso hacen del lugar un remanso de paz. 

Regresé a tan preciado lugar un lunes de junio, ya convertida en una adulta madura. El lugar está abierto todos los días. Cuando llegué era yo la única persona que lo visitaba. Se escuchaban reinitas, pitirres y otra diversidad de pájaros. 

Entré a la ermita y  sentí como si estuviese esperándome. Sus puertas estaban abiertas, solo había 6 sillas y un silencio agradable, que invitaba a sentarte. Entonces me senté, y cerré los ojos. 

Agradecí ese momento de conexión divina. La relajación, plenitud, serenidad que sentí provocó que me sonriera. Hacía mucho tiempo que no estaba conmigo. Sí, conmigo. Estoy rodeada de gente muchas veces y cuando estoy sola, no estoy conmigo, porque mi mente abandona mi cuerpo y estoy recordando el pasado o planificando el futuro. Sin embargo, en ese momento estaba totalmente presente. Eso es meditación. 

Cuán necesario es estar con nosotros a solas. Permitir que la mente y el espíritu regresen a donde habitan, en nuestro cuerpo. 

Aunque el santuario de Schoenstatt es de religión católica, le da la bienvenida a todas las personas sin importar la fe que practiquen, si alguna. Este lugar queda al final de una camino vecinal en la calle José Kentenich donde fueron construidas  cerca de una decena de residencias. Los lugareños están acostumbrados a ver vehículos pasar, en especial los domingos y cuando hay servicios religiosos y eventos de confraternización. 

Fui preparada con almuerzo y meriendas y almorcé mirando el mar desde la lejanía. Acompañada por el cantar de los pájaros y acariciada por la brisa tibia característica de los pueblos costeros, sentí que mis baterías emocionales se recargaron de serenidad, plenitud y agradecimiento. 

Fueron dos horas para llegar y la misma cantidad para regresar a mi hogar. El trayecto aunque largo, fue llevadero, tranquilo. No había ninguna prisa por llegar. Era una cita conmigo misma. Una cita de la que regresé sonriente, tranquila y contenta. 

 

Esos momentos de estar en comunión (común unión) con uno mismo son necesarios, invitan a la introspección, a observarnos, a explorar lo que sentimos, a prestar atención a nuestros pensamientos y a nuestras emociones. Escucharnos es de gran importancia para poder comprendernos, poder aceptarnos, amarnos y así practicar la autocompasión. Te invito a que saques una cita contigo mism@, a que te conectes, te escuches y te confortes. 

En mi caso, para desconectarme y reconectarme me gusta conducir a solas, sin embargo, esa no es la única manera. Otras personas prefieren caminar, cultivar plantas, ir a la playa, quedarse donde están y cerrar los ojos. Las opciones son ilimitadas. Y sí, es cierto que no hay que ir lejos para encontrarse y desconectarse. En mi caso me funciona muy bien el obligarme a pausar y dedicarme un rato para mí, para edificarme y regresar a mí. 

Te invito a que intentes la mejor manera que entiendas puedas tener unos momentos a solas, es necesario y gratificante. 


Cuidarte es quererte 

Yami Otero
Yami Otero


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